La felicidad de los perros del terremoto, de Gabriel Rodríguez Liceaga


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En la edad tiránica de las redes sociales, cuando las masas insatisfechas o coléricas se han erigido en vertedero, tribunal y daimón, nada parece tener más consistencia que la puesta en escena de una identidad. La pose autosuficiente en Instagram, los mensajes apenas verbalizados, los intercambios pictográficos medran al liberarse de sus fines chapuceros. La impostura es sinónimo de autenticidad y los olmos dan peras.

La felicidad de los perros del terremoto (Literatura Random House) nace de tal intuición. Si lo descabellado ya gesticula a sus anchas, sugiere Gabriel Rodríguez Liceaga, entonces todo es posible. Imaginemos entonces a una estrella del reguetón, incapaz de articular una frase y envuelto en una bruma infranqueable de drogas y alcohol, ofreciendo un concierto en Alaska luego de acatar los resultados de una encuesta a través de las redes sociales; imaginemos también a la corte de operarios, extras, ejecutivos de ventas, mercadólogos y productores detrás del montaje; e imaginemos a un publicista a quien abandonó la literatura, maltratado por la noticia de la muerte de un hijo del que nunca supo nada, y obtendremos una novela cuyo argumento rocambolesco avanza parejo a una escritura juguetona, irónica y explosiva, con la inventiva exacta para imponer un ritmo en el cual las palabras gozan de vida plena.

Sirviéndose lo mismo del narrador omnisciente que de la primera persona a través del correo electrónico o el diálogo con formato estenográfico, Rodríguez Liceaga nos introduce en una galería de personajes desorbitados (que entre otras cosas ejecutan un cuadro satírico de la Ciudad de México) y atareados en convertirse en los peores enemigos de sí mismos. Desorbitada, por ejemplo, es la mujer-trofeo del reguetonero, que no sólo lamenta la competencia sexual de un grupo de bailarinas “gordibuenas” sino el regreso triunfante de la bulimia y la anorexia. No hay quien no se pregunte que está esperando para huir de todo… mientras exhibe su disposición a la impostura.

Ahora que las redes sociales se toman tan en serio, sobre todo por su poder para banalizar nuestra humanidad, la rara y exquisita comedia de Gabriel Rodríguez Liceaga ilumina esas zonas aún reservadas para el pensamiento que se nutre de la crítica de las costumbres y la risa tonificante.

ÁSS



Fuente De La Nota

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